Seis uvas blancas que merecen un sitio en tu nevera

El vino blanco arrastra una fama injusta de ser el hermano menor del tinto: para el aperitivo, para el verano, para cuando no hay que pensar. La realidad es que algunos de los vinos más longevos y más complejos que existen son blancos, y que la variedad de uvas disponibles es enorme. Aquí van seis que se encuentran sin dificultad y que enseñan mucho.

1. Godello

Estuvo a punto de desaparecer y hoy es una de las grandes historias de recuperación del noroeste peninsular. Da vinos con cuerpo pero sin pesadez, con una textura casi cremosa y un fondo mineral que aguanta bien el paso de los años. Funciona con pescado azul y con guisos suaves de ave.

2. Xarel·lo

Mucha gente la conoce solo como uva de espumoso, pero vinificada en blanco tranquilo es una variedad seria: acidez marcada, notas de hinojo y fruta de hueso, y una capacidad de envejecimiento que sorprende a quien la prueba con cinco o seis años en botella.

3. Riesling

Probablemente la uva blanca más versátil del mundo. Va del seco cortante al dulce concentrado sin perder nunca la acidez que la define. Su aroma es inconfundible: lima, flor blanca y, con los años, un toque a petróleo que suena raro escrito y resulta fascinante en la copa. Imbatible con cocina asiática picante.

4. Chenin Blanc

Camaleónica. Puede dar vinos tensos y afilados o densos y melosos según dónde crezca y cómo se trabaje. Busca su punto de miel y manzanilla sobre una acidez firme. Es de esas uvas que cambian la idea que uno tenía del vino blanco.

5. Garnacha blanca

Menos ácida que las anteriores y más ancha en boca, con notas de hierbas secas y fruta blanca madura. Muy agradecida para quien viene del tinto y encuentra los blancos demasiado afilados. Excelente con arroces y verduras a la brasa.

6. Assyrtiko

La menos conocida de la lista y la que más suele sorprender. Uva griega de origen volcánico, da vinos salinos, secos y muy directos, con una acidez que corta y un final casi mineral. Con marisco a la plancha no hay discusión posible.

Cómo probarlas

No las abras todas la misma noche. Coge dos, sírvelas a la vez y compáralas: en media hora entenderás mejor qué es la acidez y qué es el cuerpo que con cualquier explicación teórica. Y sírvelas a unos diez o doce grados, no heladas: el frío extremo esconde justo lo que quieres encontrar.

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